Replicación contributiva



De ese conglomerado de seres vivos unicelulares y objetos, que son este sub-universo dentro del primigenio, seguro que se produciría algún tipo de combinación, en la que dos seres vivos llegarían a una circunstancia estable resultante, por la cual ambos se beneficiarían mutuamente y de ahí surgiera esa primera unidad material, es decir, el primer; ser, estar y existir, lo suficientemente dotado como para poder transmitirse.
Quizá se mantuvieran estables en el tiempo las circunstancias que permitieran millones de repeticiones, y tras millones de transmisiones se crearía un rasgado en su normalidad que lo introdujera como huella genética en el núcleo de su célula, que al establecerse de forma permanente, se daría la primera voluntariedad material de dependencia vital que dio lugar a una unidad autónoma.
Como cabe esperar, este tipo de combinaciones no son sólo las conocidas, sino que en el transcurso de la naturaleza, se habrán ensayado millones de millones de combinaciones en todos los escenarios reales posibles, lo cual nos ha traído al hoy. En todas ellas, esa base que lo creó se transmitirá como parte esencial de sí misma en cuanto de ello se derive; ser autónomo.
Posteriormente a este tipo de seres vivos, surgen combinaciones de ellos como unidades pluricelulares autónomas, cuya característica es que células distintas conforman al ser pluricelular, en esencia, es un ser independiente, solo que en esa configuración adquiere su equilibrio vital. Podemos decir que los seres unicelulares se comportan como si fueran las primeras partículas elementales del primer paso evolutivo, sólo que ya estamos en otro tipo de universo, con muchas similitudes del que proviene, pero entre seres vivos.
En estos seres pluricelulares, se da una mayor organización, una distribución de tareas y una forma nueva de compartir la energía, pero no porque así sea más fácil adquirirla, sino porque esa combinación es estable tanto en sus condicionantes como en sus consecuencias, lo cual, normalmente, supone una mayor demanda energética al no recaer todo proyecto vital sobre una sóla célula, sino que, en el medio en el que se encuentra, se da la manera de adquirir la energía que precisan para la configuración estable. En cada unidad pluricelular se dan las mismas premisas que en una sóla célula, sólo que en un ser pluricelular, están organizadas para un fin común.
No debe ser muy difícil de entender que se repite el paso de la combinación de los elementos no vivos, pues, en su combinación energética, se da una estabilidad a cambio de una pérdida de potencialidades con respecto a su origen, y cada elemento hace su función en esa configuración. Cada célula que se especializa, pierde potencialidad, pero en la unión, es como son, existen y están.
Como es lógico, este cuarto eslabón aporta nuevas formas de concreción, y tantas como combinaciones estables se den, y también tipos de movimientos, puesto que al ser conjunta la forma de captación de energía se da una adaptación al medio, y todo ello se produce para poder llevar a cabo, esas tres características del eslabón anterior: relación, reproducción y nutrición.
Como norma general, todos estos seres adquieren capacidades del paso anterior, y por lo tanto son capaces de modificar su tamaño para conseguir sus fines, cada una de sus células lleva implícito su propio proyecto vital que está interrelacionado con el resto del ser completo, y todas juntas forman la unidad.
Como en el paso anterior, también existe una memoria intrínseca que lo ordena todo, dirigiendo a cada célula en su vida dentro de ese organismo, para el bien de todo él.
Cada célula, como ser individual, contiene su propio instinto y de su experiencia deja un cierto rastro en el conjunto de la misma, de manera que esas mínimas adaptaciones se van acumulando en esa memoria para introducirla en las siguientes generaciones. Así pues, cada célula intenta replicarse adaptativamente, contribuyendo al conjunto y siguiendo la misma máxima de siempre, no dejar de ser.
Ésta máxima de no dejar de ser, se repite en todos los estados evolutivos, pues en el caso de las partículas elementales, aparecen con tal configuración energético-material estable, en la combinación entre ellas, se adquieren estados nuevos en los que se consigue mediante el equilibrio adquirido, y en los seres vivos, todo va dirigido a ello a través de sentir.
Como es natural, el propio conjunto pluricelular, contiene la manera de recibir esas peticiones de adaptación, acumularlas y transformarlas y de introducirla en su cadena de ADN como algo intrínseco a su especie, sólo que cada elemento sabe qué hacer con ello.
Tanto en seres unicelulares como en pluricelulares, su pulsión les hace reproducirse, pues, la mejor manera de permanecer no es permaneciendo ellos, sino transmitiendo una permanencia de la especie mediante la memorización de la adaptación a ese medio, de lo contrario, todo desaparecería. Como el ser es muy finito, la naturaleza confía en la pluralidad de ellos, al mismo tiempo y en escenarios similares, con el fin de que una desaparición no comprometa al resto, y de esta manera, la pulsión de esa forma de vida no se vea comprometida.
Como en el caso de los seres unicelulares, los seres pluricelulares están dotados de captadores de energía, tales no son más que elementos del ser pluricelular con independencia propia, y usan de su autonomía para acercarse a ella mediante su bagaje existencial contenido en su replicación adaptativa.
Si nos fijamos sucinta y momentáneamente en un vegetal, tras millones de intentos adaptativos, se queda impresa en su genética un comportamiento de crecimiento que le hace superar los límites del propio medio en el que se encuentra, ello hace que de la semilla aparezcan filamentos que se convertirán en tallos y/o raíces, cuya misión será la de ir más allá en busca de ese aporte de energía de la que tienen que proveerse momento a momento de sus vidas, mediante determinadas células especializadas cuyo movimiento es vertical en altura y profundidad, y algo en anchura, cuya función es la de generar la capilaridad necesaria como para que se establezca un flujo de fluidos que traslade eficazmente los nutrientes a todas las partes de su corporalidad, en ambas direcciones, y de esa manera queden bien nutridas las células de su corporalidad.
Gracias a la replicación adaptativa, el ser vivo se despega del suelo, y mediante sus adaptaciones consigue acercarse a las energías que necesite. Este tipo de movimiento quedará tan marcado que será la base para las siguientes evoluciones de la materia.
Todo lo que genera ese universo primigenio tendrá su pulsión a la que obedecer, de manera obligada, y al aparecer materia, ésta irá asociada a energía, en mayor o menor medida.
No obstante, puede darse el caso de que desaparezca esa materia y no vuelva a concretarse como tal, pero su energía retornará al universo en forma de pérdida como elemento del binomio de la pulsión del inicio, así pues, cuando un ser vivo muere, su desintegración devuelve al entorno natural lo que es del entorno natural como objetos, y tras su desintegración convertirse en aprovechable al propio entorno, que al tropezar con ello algo del mismo, contribuya o genere algo estable, es decir, tendente a no dejar de ser.

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