Espiritualidad



En todo lo que conocemos de la naturaleza, observamos que se dan muchas similitudes y elementos en común, pero sabemos que ni todo lo físico es toda la realidad ni la realidad se basa en algo distinto del mundo físico, por eso, como seres sensibles, percibimos otras dimensiones en la realidad que trascienden a la materialidad y sus repercusiones directas, apuntando hacia cualidades de algo superior.
Hay cualidades que al ser percibidas nos informan de cómo podría ser la realidad, y ante ello incentivan un movimiento antes de la propia repercusión física, bien sea para evitarla bien sea para favorecerla.
Ésto ocurre con las cualidades como la simetría, o el color, o la fragancia o la electricidad, etcétera, que quizá no sean más que una consecuencia evolutiva intrínseca del campo de fuerza de la materialidad de la que se irradia, pero son cualidades percibibles por captadores sensoriales capaces de informar de su presencia antes de la repercusión directa, y tras ser evaluado instintivamente, producir un movimiento.
La evaluación instintiva es asemejable tanto al aprendizaje adquirido, como al equilibrio energético entre objetos, y a la energía de un elemento fundamental, pues, en cualquier caso, es lo que evalúa si queda comprometida la máxima de lo implicado, y según ello, lo que se produce o no.
En los seres vivos, éstos son conocimientos consolidados, y están impresos en los comportamientos que organizan y coordinan a los seres, y permiten adaptarse al medio mediante algo inmaterial; el mismo conocimiento y la relación entre ellos en la lógica, lo cual puede anexarse evolutivamente a esas cadenas que se transmitirán a sus descendientes, primero como aprendizaje, y tras multitud de repeticiones, en el ADN.
En definitiva, el campo de fuerza emanado de la materialidad actúa en todos los niveles evolutivos, y son los elementos de atracción o repulsión entre objetos y/o seres, cuya existencia obedece a la pulsión intrínseca para que aquello que lo irradia cumpla la función principal de lo creado, es decir, no dejar de ser.
Encontramos seres vivos que están dotados de capacidades sensoriales hacia los cambios de luz, de fragancia, de sonido, de electricidad, entre otros, que les permite saber, antes de repercutirse físicamente, de qué realidad cercana se trata en lo beneficioso o perjudicial que es para ellos, lo cual le producirá un movimiento concreto.
Cuando esta circunstancia se da, el ser sabe de su repercusión, pues dependen de lo que perciban para actuar, entonces esa configuración conceptual adquiere el grado de utilidad vital, y aunque el ser no sea consciente de ello, le es útil y también tenderá adaptar su experiencia evolutiva, pues ello garantiza su pulsión.
Como sabemos, las repercusiones entre los objetos son las estrictamente materiales, y son las derivadas de los condicionantes ambientales como la presión, la temperatura, la composición química, etcétera, básicamente llevan implícito el intercambio de energía dando lugar a una resultante material estable.
En los seres vivos, ese intercambio de energía gana en complejidad y aparece la necesidad adaptativa de la utilidad. En esencia, el comportamiento de estos seres es de dependencia de su sentir, porque viven de lo que les transmiten sus sentidos, y toman decisiones según sientan en aras a ser, estar y existir. Entonces tienen un concepto vital que preside intelectivamente sus comportamientos, lo cual apunta a que existe una idea que rige sus vidas y a la que obedecen ciegamente. Vemos que desde la más cercana y estrecha materialidad del inicio de la evolución, se llega al punto evolutivo en el que existe algo superior a la propia materialidad que les dirige sus vidas para que se produzca su pulsión, lo cual no se da porque sea necesario hacerlo así, sino porque es una combinación estable.
Cuando hablamos de seres pluricelulares, el mismo concepto de organización, coordinación y gestión de ellos mismos y en ese ambiente en el que se desenvuelven, es indicador de lo mismo, así que al pensar en insectos, animales y plantas, casi que parece sobrepasar esa inmaterialidad cognitiva que les impera a su propia materialidad, pues son un ente pensante que desenvuelven su vida para superar sus necesidades perentorias, en ellos parece adivinarse una lógica de comportamientos ineludible, aunque no se le localice un centro mental claramente.
El ser humano, como ser vivo pluricelular que es, comparte cuanto hasta ahora se ha descrito, pero en él se da una capacidad aumentada de previsión, pues es capaz de plantearse que una circunstancia es problemática, y ante ello coordinar los movimientos necesarios para eliminar dicho riesgo, y ejecutarlo cuantas veces fuera necesario, con el fin de cumplir con su pulsión.
Esta acción no es nueva del todo, pues cualquier animal es capaz de hacer cosas parecidas una y otra vez en aras de dar cumplimiento a su pulsión, y es transmitido a sus afines como conocimiento que les prepara mejor ante el medio, lo cual deja su impronta en sus genes. En el ser humano lo que sucede es que no tiene adaptación genética apenas, y sin estas normas instintivas conductuales básicas son capaces de establecer esa transmisión de conocimiento como comportamiento grupal. Ésto, aplicado a toda una serie de comportamientos de grupo, termina consolidándose como cultura, es decir, la transmisión de sus conclusiones vitales.
Ésta característica de indefensión genética ante el medio, es básica en el ser humano, y lo supera gracias a su capacidad de previsión, lo cual le ayuda a normalizar situaciones con comportamientos, y le deja tiempo libre para seguir planteándose problemáticas nuevas que superar.
El ser humano adquiere conciencia de las cosas, pues es capaz de valorar su importancia por sus consecuencias, y transcurre su vida planteándose dudas sobre la conciencia de las cosas, de manera que intenta sentir intelectualmente la situación, y de acuerdo a ello, tomar decisiones que lleva a la práctica según un planteamiento. Lo que hace es intentar reproducir su pulsión mentalmente y compararlo con la realización, lo cual le hace tomar decisiones absolutamente innecesarias e inexistentes en el mundo en el que vive, pero que a su entender, le sirven para coordinar y organizar su mundo.
Por fin hemos llegado a la evolución del ser humano, pues es el único ser que es capaz de crear su propio mundo, dando utilidades a las cosas que en sí no tendrían, y haciendo que sus ideas se materialicen en el grupo en el que viven. Quizá empezaron con la idea de protección, alimentación y reproducción en grupo, lo cual les llevó a recolectar alimentos para almacenarlos por poco tiempo, más que algún animal les siguiera y lo utilizaron como alimento a posteriori, y más a delante formaría rebaños y fabricaría enseres donde transportar más alimento para cuando lo necesitaran. En fin, los estudios dirán cómo fue la evolución realmente, pero, no cabe duda que fuera como fuese, hasta hoy hemos llegado de la mano de las ideas y los conceptos sin despegarnos de la pulsión natural.
Obviamente, tanto avance les dejaría mucho tiempo para pensar, crearían todo cuanto fueran capaces y lo irían transmitiendo a sus congéneres, pues de ello dependería su supervivencia. Dicho tiempo sobrante lo dedicarían a su intelectualidad, e incluso pondrían a la materialidad a su altura, de manera que su usabilidad estuviera en relación al concepto cuyo planteamiento surgiera para superar dependencias naturales, y tras ello, asignarían imaginariamente un valor simbólico a cada cosa que conocieran.
Inevitablemente percibirían otro concepto absolutamente trascendente para ellos, pues todo tiene un valor por el impacto en sus vidas, y se darían cuenta que ese valor desaparece con la inevitable muerte, pero ellos seguirían sintiéndolo durante cierto tiempo. Dicho momento lo vivirían con más intensidad cuando se tratara de la muerte de algún ser afín, bien por causa de enfrentamientos o bien por muerte natural, como sucede con cualquier ser animal, aunque en unos está más marcado que en otros, pero por la capacidad humana de previsión, se imaginaría a dónde iría ese ser y le fabricaría todo un supermundo rodeado de sentir y lógica que trascendiera su materialidad, pues aún después de muerto permanecería en el interior de cada uno como recuerdo y transmisión vital, así que, no muere del todo.
Dicha trascendentalidad es un grado superior en la escala de importancia de valores, pues se da cuenta de que no todo está en la misma línea de importancia, o lo que es lo mismo, aprende a valorar el futuro por las repercusiones presentes, y como ocurre con el mecanismo del pensamiento animal, introduce una analogía a éste nivel, inventándose una inteligencia superior, repercutida por sus sensores extra-sensoriales o intelectuales procedentes de sus impresiones sobre la repercusión probable futura, cuya información es transmitida directamente a su centro de proceso intelectual, el proceso es similar al de los instintos, es decir, compara con lo ya almacenado mediante la experiencia y el aprendizaje, y es juzgado por su pulsión, lo cual le generará movimientos. Éstos, a menudo desembocan en una concepción idealizada de sí mismo en el mundo, y en relación a ello, selecciona las acciones que le marcan un comportamiento que le pulsiona en esa dirección, es decir, le hace sentir bien seguir una idea superior a él.
De esta manera, el ser humano adquiere una concepción de sí mismo distinta de la de sólo su animalidad, y encuentra que su propia naturalidad es un lastre para ese mundo ideal que tanto le satisface con el mero pensamiento. Encierra a sus necesidades en conceptos y le da sentido dentro de ellos, ya que no se satisface con el mero cumplir de ellas, sino que predomina sentirse bien con todo lo que hace, pues así alcanza tal estado de alegría, despreocupación y capacidad demostrada asimismo, que logra un sentir inigualable a cualquier otra consecuencia material, sin embargo, lo contrario le hace sentirse mal, pues al no conseguir lo que se propone, le genera una preocupación que le producen enfado, o la rabia, o la impotencia, o sensaciones similares que conducen instintivamente a revelarse, ya que de no hacerlo, comprende que algo en su vida no va bien al no dar cumplimiento a sus planteamientos, y aunque no exista causa física que lo produzca, siente un dolor personal que le introduce en un estado de introspección lleno de inseguridad personal depresora de su voluntad, lo cual aminora sus confianzas y acrecienta sus miedos, siendo más vulnerable ante cualquier enfrentamiento, y en esencia, ésta debilidad atenta contra su pulsión vital.
Es por esto que el ser humano ya no quiere pasar necesidades de ningún tipo, o al menos las conceptualiza con el fin de llegar a sentirse bien, y de ésta manera tiende hacia la alegría que le genera ese estar bien consigo mismo. Así que sus acciones tienden a la satisfacción intelectual, lo cual les producirá satisfacción personal, incluso aprenden que tan sólo obedeciendo normas o consignas grupales es como han de sentir que hacen algo positivo para ellos, pues de lo contrario se echarían a la inseguridad de sentirse rechazados por sus afines, con quienes consiguen sus necesidades básicas de alimento, seguridad y procreación, o al menos, sin ello no lo tendría al alcance.
Ese conjunto de normas grupales, tenderán a normalizar las relaciones de unos con otros, y en unas situaciones y en otras, tendiendo a crearles un concepto de grupo sometido a unas normas comunes a través de las que entenderse, de ésta manera se crea en ellos un concepto de seres concretos con una identidad propia, y es a ello a lo que someten sus vidas como garante de su pulsión, pues aquellas normas son las que coordinan y les ayudan a gestionar su poder; ser, estar y existir.
Llegados a este punto, muy probablemente de los inicios de la prehistoria humana, los grupos humanos tienen muy claro lo que quieren conseguir, y saben que es así como adquieren unas capacidades muy superiores que en solitario. Son conscientes de ello porque pueden prevenir su futuro al imaginarse situaciones a las que se adelantan con el pensamiento. Ésto, junto con el avance que van consiguiendo fabricando herramientas y enseres cotidianos, y perfeccionando conceptos como el de vivienda, rebaño, cultivo, estrategias de caza, etcétera, le hacen vivir una realidad muy distinta de la de cualquier animal, pues aunque tienen dependencias hacia ellos y similitudes de comportamiento de sentimientos y acciones pulsionales, es en el cómo se plantean sus vidas donde está la diferencia, ya que en los animales no hay rasgos de previsión más allá de la aparición de una situación a superar, ante lo cual siempre obedecerán instintivamente, más algún tipo de aprendizaje personal, lo cual implica un cierto grado de inteligencia a la hora de resolver ciertos problemas, pero, ni mucho menos, se atisba tal grado de trascendentalidad en cualquiera de los demás seres.
Los seres humanos, con sus conceptualizaciones de todo, nombran, es decir, asignan unos símbolos a las cosas, bien mediante unos rasgos, sonidos o como sea que identifiquen a aquello, pero en ese nombre las retienen en ideas, lo cual les dan toda una razón de existir que por su utilidad les sirve para cumplir con su pulsión y transmiten a sus congéneres. Tanto es así que en ese nombre le asignan un grado de utilidad, un grado de benignidad, un grado de usabilidad, etcétera, y como una madre osa que les enseña a sus oseznos qué es lo que pueden comer pues de su boca les señala el alimento y les transmite su olor, similarmente es que el ser humano transmite su sabiduría a los demás seres del grupo para beneficio de todos.
Éste concepto de beneficio y perjuicio se convierte en consciente más allá de lo instintivo, y ésto hace que cada cual se sienta, en última instancia, bien o mal, según el concepto grupal del que provenga, así que la unificación de este concepto último en un nombre, pasa a convertirse en tan importante que todo debe ser filtrado por ello, y tras su pronunciamiento, actuar.
Ese nombre dependerá de cada grupo humano, cada cual seguirá su línea de aprendizaje evolutivo y no todos tienen por qué tener unas mismas normas grupales, así que lo común es que ellos si que coinciden en esta peculiaridad, aunque no en la concreción de la misma. Ciertamente, de la interrelación entre grupos, pueden evolucionar por aprendizaje mutuo de conocimientos sin que ello les perjudique, a la vez que también podrían cumplir sus pulsiones en grupos mixtos, tal y como ocurre hoy en día.
Pues dicho nombre, o nombres, que atienden a ese concepto que rige el comportamiento humano, eso es la espiritualidad, la cual podrá cogerse de la mano de cualquier forma de trasmisión grupal como lo es un gobierno de grupo, o más trascendentalmente, de la mano de las ideas de planteamientos oníricos o alucinatorios del ser humano, probablemente ante el profundo desconocimiento que aún en ellos existe, y que tienden a completar con ideas imaginarias previsorias que cumplirían con la pulsión, incluso después de la muerte.
Como se ve, hay una evolución en toda la creación, y toda ella está impregnada de ese INICIO, parece que cada paso es casi como el anterior pero con cierto grado mínimo de aporte que le hace avanzar, pero sin renunciar a lo esencial, como sucede en un fractal.
A medida que uno se adentra en este conocimiento, se da cuenta de la verdadera dimensión de la propia naturaleza, y del ser humano como subproducto de la misma.


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